sábado, 14 de enero de 2012

Cada año escuelas rurales sólo reciben más promesas

En las escuelas normales rurales, siempre son más las necesidades que los recursos: la comida apenas alcanza, los libros rara vez se encuentran en las estanterías, las medicinas no están en los botiquines y el dinero que promete el gobierno para resolver todo lo anterior, suele perderse de forma misteriosa antes de llegar a su destino.

Así lo afirmó Juan (quien pidió omitir su apellido por motivos de seguridad), uno de los 560 alumnos de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero, que diariamente tienen que ingeniárselas para hacer más con menos, y ahora han tomado la responsabilidad de sostener y vivir a flor de piel un movimiento para mejorar sus condiciones de trabajo y conseguir justicia para sus compañeros asesinados.

Originario de una comunidad del Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, ingresó en la normal en 2010, luego de conseguir un promedio de ocho en la preparatoria –difícil de alcanzar para muchos de sus compañeros en zonas de alta marginación–, y pasar los filtros de los exámenes pedagógico y escalafonario.

Ingresamos con el sueño y la ilusión de terminar una carrera y tener un mejor porvenir para nuestras familias. Cuando entramos hubo una semana de adaptación, nos explicaron cuál es la finalidad de ser maestro norma- lista, hacemos labor con los campesinos y nos enseñan lo político, para ver cuál es la problemática actual de nuestro país, explicó el joven de 23 años en entrevista con La Jornada.

Una de las principales carencias que enfrentan los alumnos de Ayotzinapa, dijo, es la alimentación. El menú diario son frijoles con arroz, lentejas y huevos con jamón; cuando bien nos va, hay pollo con verduras. Somos muchos compañeros y el gobierno no nos manda completo el presupuesto del sector cocina, y además el dinero se pierde en el camino, pero nos tenemos que adaptar.

Por otra parte, el mobiliario ya está descompuesto, pasando a mejor vida. Las aulas deberían tener equipo multimedia, pero no es así, y los libros que nos manda la Secretaría de Educación Pública son de ediciones viejas. En la biblioteca también faltan muchos libros de autores que nosotros estudiamos, y los tenemos que costear de nuestra bolsa.

La condición de los edificios en Ayotzinapa también deja mucho qué desear. La infraestructura de los lugares donde dormimos y convivimos ya está muy acabada. ¡Imagínate, son de 1926, cuando se fundó la normal! Tienen que cambiarla urgentemente, advirtió.

A tono con lo demás, el drenaje sólo funciona al 40 por ciento, y en la clínica que tenemos se necesitan medicinas y otros materiales de curación. Hasta ahora no ha ocurrido ningún accidente, pero hay chavos que se enferman y no hay medicamento disponible; hay que llevarlos a un doctor particular, que ellos tienen que pagar.

Aunque los gobiernos federal y estatal se comprometen todos los años a mejorar las condiciones de trabajo en Ayotzinapa, el compromiso con los alumnos no es verdadero, “porque somos una escuela de lucha, combativa, y ellos tienen la mentalidad de que aquí se forman guerrilleros, delincuentes, personas ‘mañosas’, como dicen ellos, pero eso no va con nosotros”.

Por tener conciencia social y no dejarnos, subrayó el estudiante, “nos han tratado de narcos, de secuestradores, y así justifican su falta de interés (en la escuela) y siguen sin manejar bien un presupuesto de millones de pesos que deberían usarse para mejorar la cocina, los inmuebles, el sector agrícola, el sector cultural, porque al final de cuentas lo que quieren es cerrar la normal”.

Los motivos de Juan para ser normalista tienen que ver, por un lado, con las carencias económicas que padecen sus cinco hermanos. Ser maestro puede convertirse en una forma de alivianar la carga a la familia, pero también está en él la vocación de ser profesor rural –como sus padres–, enseñar a los niños, y que después de un tiempo te encuentres con un alumno y te tengan gratitud y te respeten.

Luego de insistir varias veces para que las autoridades escucharan sus demandas, los estudiantes iniciaron la nueva fase de un movimiento que se ha reditado muchas veces a lo largo de los años, el cual ya comenzó a pasarles la factura, con el recorte casi total de los fondos de alimentación y el inicio de una campaña mediática de desprestigio.

Ni delincuentes ni flojos

Nosotros esto lo vivimos a flor de piel. Uno agarra coraje, porque es injusto que nos hayan hecho esto. Que hayan privado de la vida a personas de escasos recursos, que eran el porvenir de su familia, te da un coraje enorme. Estamos consternados, pero queremos terminar este movimiento con la frente en alto. Por eso nos compactamos y nos damos fuerzas para seguir adelante.

Si los alumnos de Ayotzi –como le dicen a la comunidad de cariño– siguen movilizándose, es para que la normal viva y que no se le cierren las puertas a la gente pobre que la necesita. Me siento capaz de aguantar el tiempo que dure esto para lograr lo que siempre gritamos que hace falta. A quienes dicen que somos delincuentes y flojos, les decimos que se queden un día a ver cómo tomamos clase, cómo dormimos y cómo comemos, para que se quiten esa mala imagen de la cabeza

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