Nombre: Carolina Cortés Camarillo
En huelga de hambre desde: 3 de mayo
Edad: 31 años
Puesto en LyFC: Controladoría general
En la carpa de las mujeres todo es distinto. Separada de las carpas de los hombres por un espacio de unos cuatro metros, se encuentra del lado de la catedral. Más cerca de dios, quizá. Las siete mujeres que se mantienen todavía en huelga de hambre vigilan celosamente su entrada. No hay, es cierto, ninguna barda que prohíba explícitamente entrar a esta carpa. Pero mientras las lonas que hacen las veces de puertas están permanentemente abiertas en las carpas de los hombres, las mujeres que se sientan frente a su puerta cerrada o semi abierta salen al paso de cualquier extraño que se acerque y educadamente lo atienden fuera. La carpa es suya: un pequeño espacio reservado para estar en soledad o
con los suyos, un cálido refugio que las arropa y las protege del griterío exterior. Hoy confieso que estoy contenta porque por primera vez -tras veinticinco días de constantes peregrinajes al Zócalo- me ha sido concedido el privilegio de entrar al santuario de las mujeres. Todo es más pequeño aquí, más íntimo. Almohadones en forma de estrella coronan los catres cubiertos con colchas de colores. Una gran televisión apagada refleja destellos de luz. Un niño muy, muy pequeño, corretea entre los catres. Es el hijo de una de las huelguistas.
Oración a San Judas Tadeo:
Oh glorioso apóstol San Judas Tadeo, siervo fiel y amigo de Jesús, el nombre del traidor que entregó a vuestro querido maestro a manos de sus enemigos y ha sido causa de que muchos os hayan olvidado, pero la iglesia os honra e invoca universalmente como patrón único de los casos difíciles y desesperados…
Carolina me recibe sonriente sentada sobre su catre. Tiene una sonrisa contagiosa y acogedora, de esas que hacen que inmediatamente te sientas en casa. Me ofrece una silla. Lleva el pelo recogido en una trenza de esas tan bonitas y tan complicadas que siempre he envidiado porque nunca me las he sabido hacer. Antes, dice, lo llevaba suelto. Pero aquí, con una sola ducha y pocos medios, le resulta difícil controlar su rebelde y alborotado pelo negro, y por eso se lo trenza. No va maquillada, pero se ve bonita incluso tras los afilados rasgos que le han dejado 40 días sin comer. Al cuello lleva un rosario dorado y me cuenta que cada mañana, al despertarse, le da las gracias
a Dios por estar viva un día más. Devota de San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles –terriblemente popular, por cierto, en esta huelga- y de San Pafnucio –patrono de las cosas extraviadas-, le reza al primero una oración cada noche y al segundo le ha hecho una manda de seis misas en su iglesia en la Calle de la Moneda si le devuelve su trabajo. Aunque su trabajo, puntualiza, en realidad no se extravió, sino que fue robado. Prometo entonces buscar en internet si existe algún patrono de las cosas robadas.
Rogad por mí, que soy tan miserable, y haced uso, os ruego, de ese privilegio especial a vos concedido de socorrer visible y prontamente cuando casi se ha perdido toda esperanza…
Trabaja en la Contraloría General, en la sección de contabilidad Iztapalapa, la misma delegación en la que vive con sus padres. La mayor de tres hermanos, entró a trabajar a LyFC muy joven, a los dieciséis años, cuando a su padre le fue permitido entrar a la empresa a alguien de su elección. Acabó la prepa pero no quiso ir a la universidad. Preferí el dinero, dice, siempre con su contagiosa sonrisa en los labios. Le gusta mucho su trabajo. Por sus manos pasaban los pagos a los grandes proveedores. Me explica la diferencia entre licitaciones y adjudicaciones directas: la adjudicación directa se produce cuando solo hay un proveedor de algún material. Como los medidores de luz, por
ejemplo, adjudicados a IUSA, la única empresa que los manufacturaba. En su departamento se realizaban también las penalizaciones a las empresas que no entregaban sus productos a tiempo. Recuerda –frunce el gesto al hacerlo, pero ni aún así parece realmente enfadada- cómo su departamento penalizó a IUSA por 17 millones de pesos a causa de una entrega tardía, solo para que tiempo después el subgerente de compras revirtiese la orden, ampliase a posteriori el plazo de entrega y IUSA nunca fuera penalizada. Algo similar ocurrió con Mercedes Benz. Muchas fueron las grandes empresas que se beneficiaron, sin justificación alguna, de estos tratos de favor que repercutían negativamente en las cuentas de LyFC. Pese a que la fibra óptica de LyFC ya ha sido licitada (licitada, si, aunque un solo grupo, formado por el consorcio Televisa-Telefónica-Megacable, competía) y entregada por 883 millones de pesos –cifra a todas luces ridícula comparada con
los 30.000 millones de pesos que le costó al erario público mexicano su instalación- Carolina cree en la victoria. Sonriente, plácida y tranquila, me cuenta cómo será. Vendrá Martín un día, nos reunirá y nos dirá: hemos ganado…
Venid en mi ayuda en esta gran necesidad, para que reciba los consuelos y socorros del cielo en todas mis necesidades, tribulaciones y sufrimientos, particularmente para que regrese nuestro trabajo y para que bendiga a Dios con vos y en todos los escogidos por toda la eternidad…
La única soltera que queda en casa, Carolina adora su vida casera. Se levantaba cada mañana a las 5:30, se bañaba, se arreglaba y desayunaba un jugo preparado por su madre y tal vez un sándwich. Iba luego a trabajar y regresaba sobre las 16.30. Comía entonces con su padre y su madre. Luego lavaba los trastes y ayudaba a su madre o a su padre en las gestiones pendientes. Algún día salía a bailar -salsa, su gran pasión- con sus amigos al Nueva Cuba. Una vida feliz. Privilegiada, dicen algunos. Le quedaban diez años para jubilarse y tenía ya tímidos planes. Tener un hijo, tal vez. Ya ha decidido su nombre: Arturo, nombre de reyes antiguos. Prefiere un niño,
porque dice que los varones sufren menos, pero si fuese niña la llamaría Alondra. Tener un hijo y disfrutar del tiempo necesario para criarlo, para verlo crecer y jugar con él.
Me regala la oración a San Judas Tadeo que tiene en su libreta, escrita a mano. Quién sabe, tal vez yo también la necesite, y no está de más tenerla a mano. Me pide, luego, si puedo apuntarme una frase y tal vez ponerla en su entrevista. Es esta:abandonarse al dolor sin resistir, suicidarse para sustraerse de él, es abandonar el campo de batalla sin haber luchado. Es de Napoleón. Carolina escucha más de lo que habla, y pregunta más de lo que responde, pero aún así no logro enojarme, tal vez porque en esta
carpa, entre estas mujeres que anotan las recetas del canal once, me siento a gusto. No será hasta dos horas después, cuando salga de la carpa de mujeres, cuando me daré cuenta de que en realidad es Carolina quien me ha entrevistado a mí.
Nombre: Miguel Ángel Pérez López
En huelga de hambre desde: 28 de Abril
Edad: 50 años
Puesto en LyFC: Cables Subterráneos
Se llama Miguel. Viene dándome esquinazo desde el primer día. No le gusta estar bajo los focos, prefiere pasar desapercibido. A otros les gusta dar entrevistas. A él no. Pero es tan amable, tan simpático, tan divertido, que resulta imposible recriminárselo. Sentado sobre su “catre kingsize” –extravagante regalo que le hizo el personal de apoyo el 7 de julio, día en que cumplió 50 años, juntando su catre con otros dos catres vacíos y rellenando los huecos y las irregularidades con mantas y cobijas-
platica sobre la historia de su vida y su pasión por los perros con aire de comediante famélico. Junto a él ondea un colorido globo de cumpleaños que lo felicita por su 50 aniversario. “Cumplí aquí mis cincuenta años, y también mis cincuenta días en huelga de hambre” dice, orgulloso. Sólo él y Cayetano permanecen en la carpa grande donde hace cincuenta y cuatro días hubo treinta y seis personas. Miguel y Cayetano, Cayetano y Miguel, no se parecen en nada.
¿Qué lleva a un hombre, a una mujer, a arriesgar su vida? ¿Qué lo mantiene en pie? Sé –o creo saber- qué mantiene en pie a Cayetano. O más bien: quién. Cuenta con el incondicional apoyo de su esposa y sus hijas. Su esposa, una hermosa y aguerrida oaxaqueña, se ha convertido en la sombra de Cayetano. Está siempre con él, controlándole el pulso, dándole masajes, hablando con él. No me creerán, pero estoy convencida de que Cayetano y su esposa hablan en silencio. Pero, ¿y Miguel? ¿quién mantiene en pie a Miguel? Por más que lo miro y escruto todos sus gestos, no consigo entender de dónde saca la fuerza para seguir estando aquí. No tiene esposa ni hijos: vive con sus padres.
Tiene dos perros que adora y dice que cuanto más conoce a los hombres, más quiere a sus perros. Incondicional de Brasil, se levanta todas las mañanas a las 6 para ver los partidos del Mundial y se come sus diminutas raciones de miel, si no con ganas, al menos no con disgusto. En sus ojos brilla una ilusión incorruptible.
Él no es político, y de sindicalista tiene poco. Nunca quiso entrar a trabajar a LyFC, y mucho menos al terrible departamento de Cables Subterráneos. Pero el destino, escondido tras los consejos de su padre, quiso que a este hombre simpático y delicado le tocase en suerte laborar entre cables, lodo, ratas y cucarachas. El departamento de los hombres sin miedo. El departamento donde usted jamás enviaría a su hijo, donde los hombres mueren en la oscuridad, como mineros urbanos esclavos de los caprichos de Doña Electricidad. Dicen los medios que estos trabajadores son privilegiados porque se jubilan a los veintiocho años de servicio. Sin duda ellos no conocen el terror de los pozos y los
transformadores. Miguel soportó con aplomo su suerte hasta que tuvo un accidente con un transformador: le explotó en la cara y le quemó rostro y brazos. Conserva todavía cicatrices en las muñecas. Después de eso, fue transferido a oficinas, donde se desempeñó bien. Pero el destino volvió a alcanzarlo al cabo de ocho años: no podía continuar ascendiendo sin regresar a los pozos. Con el corazón en un puño, fue devuelto a la oscuridad de los cables. Él no quería, pero así son las cosas.
No es un cobarde. Aguantó varios años más de pozos subterráneos temiendo siempre un inevitable accidente. Su mayor temor era que algo malo les ocurriese a sus subordinados, de los cuales él era responsable. Se blindó contra ello escogiendo siempre a los mejores trabajadores y su plan funcionó: el temible accidente no los alcanzó nunca. Aún así, no pudo respirar tranquilo hasta que al fin, tras muchos años de trabajo subterráneo, pudo regresar a oficinas como sobrestante. He hablado con muchos hombres de Cables Subterráneos, y sé que todos tienen miedo. También sé que la mayoría de ellos no lo admitirá bajo (casi) ninguna circunstancia. Es un puesto de trabajo tan temible como los
de Líneas Aéreas, quizá más. Miguel es diferente: él admite su miedo sin complejos. En apariencia tal vez el más frágil de los huelguistas que representan a Cables Subterráneos, los ha visto partir a todos. Él permanece.
Nunca le gustó la política. De hecho, sigue sin gustarle. Conserva el mensaje que recibió el 10 de octubre a las 23:03. “Todos al SME. Tomó el gobierno las instalaciones. Pasa el mensaje”. Durante un mes se interrogó a sí mismo. ¿Debía liquidarse o luchar? Cambió de opinión seis veces al día durante treinta días sin llegar a ninguna conclusión. ¿Debía optar por el humillante camino fácil, o seguir la senda dura? Su hermano, sindicalista de pura sangre, escogió la liquidación. Miguel no le guarda rencor, ni a él ni a nadie. Escogió finalmente su senda, la de la resistencia, y una vez eligió el camino no se detuvo a mirar atrás. Para gran sorpresa de todos sus compañeros,
estuvo en primera línea en todos los enfrentamientos y recibió los golpes más duros. Al igual que entonces, ahora resiste en su huelga de hambre. Aunque su rostro está demacrado y las costillas ya se le deben marcar bajo la playera de Brasil, él no flaquea. No lo mueven ni el odio ni los principios sindicales. Tan solo la justicia en su sentido más puro, más real. No se ha pasado veintidós años realizando su temible trabajo para que ahora vengan a decirle que no merece su jubilación. Lo justo es justo, y esto que está viviendo, él lo sabe, es injusto.
MARTES 22 DE JUNIO DE 2010
Gregorio - día 59

Nombre: Gregorio Paredes Gómez
En huelga de hambre desde: 3 de Mayo
Edad: 46 años
Puesto en LyFC: Administrativo. Comité Central del SME
Se llama Gregorio. Cumplió cuarenta y seis años en la huelga de hambre. Nacido en el pequeño pueblo de Juandhó (Tetepango, Hidalgo. Unos mil habitantes; 95% de ellos electricistas) se mudó al casarse al vecino Tlahuelilpan, de donde es originaria su esposa. Es electricista de cuarta generación. Su bisabuelo comenzó la tradición y después siguieron su abuelo y su padre. También su hijo mayor había entrado a la empresa. El menor, en cambio, estudia en una universidad privada, mil ochocientos pesos el mes, y todavía le queda un año para terminar la licenciatura. Gregorio ha ido vendiendo sus tierras para continuar pagándole los estudios al menor de sus hijos. Estudia Administración de
Empresas.
Sobre el techo de la carpa, aproximadamente entre el contador de días (hoy van 59) y la entrada al campamento, hay una pancarta gigantesca, diseñada sin duda con la esperanza de que aparezca en alguna toma aérea. Malditos aquellos que con sus palabras defienden al pueblo y con sus acciones lo traicionan. La miro, y pienso entonces que tal vez no, que debo estar equivocada, que tal vez ha sido diseñada para que la lean desde Palacio Nacional. ¿A quién se refiere, si no, la frase que
apunta al cielo? ¿A Dios? Y si no se refiere ni a mí ni a ninguno de los que pasamos por allí, entonces ¿por qué me siento culpable al leerla? Mis palabras los defienden, un poco –apenas nada, en realidad-. Pero ¿y mis acciones? ¿no estoy acaso contribuyendo a su terrible empeño con mis visitas? Su empeño de muerte. Temo por sus vidas, pero no me atrevo a decirles: vete. Si lo dijera minaría la voluntad de estos hombres y mujeres. No diciéndolo, cultivo la culpa de un presagio espantoso. ¿No son acaso las palabras también una acción? Decirle a un huelguista “¡aguanta!”, ¿no es también una traición al deseo verdadero de que se vayan, de que se salven, de que vivan? Me pregunto si, al contrario que en la pancarta, los traiciono con mis palabras y los defiendo con mis acciones. Me pregunto si…
Juandhó no es cualquier pueblo, ni que sea porque de allí es originario el propio Martín Esparza. A Martín los huelguistas le llaman el General y tienen fe en él. También Gregorio, que además de ser del Comité Central es su vecino, confía en él. Cuando dicen “Juandhó” lo dicen con un deje especial, como quien deja caer una pista para quien sepa oírla. Cosas oscuras ocurrieron en Juandhó. Esa noche Gregorio no estaba. Fue por los tiempos de la huelga. Tal vez el 16 de marzo. No, fue el 17, de
noche –estas cosas siempre ocurren de noche-. La policía andaba buscando a alguien. O eso dijeron. Dos mil policías llegaron a un pueblo de mil habitantes. Entraron en las casas, rompiendo todo a su paso. Los hijos de Gregorio escaparon por la azotea. La PFP saqueó la casa. Gregorio no dice más: solo sonríe con tristeza (¡otra vez! esa enigmática sonrisa mexicana, sutil escudo contra la adversidad). Sin embargo, he oído otras historias. Historias que hablan de palizas y amenazas. Historias que suponen que la represión en el pueblo de Martín Esparza no fue en modo alguno casual, que todo fue un elaborado plan para quebrar la voluntad del líder sindical. Oscuros rumores de pesadillas nocturnas, rumores que hablan de amenazas de desapariciones. Le pregunto a Gregorio, pero él sólo sonríe: ni niega, ni afirma. La noche del 17 de marzo él no estaba. Alguien lo llamó: no vengas, te están buscando.
Una vez Gregorio estuvo en Colombia. Eso fue hace ya algunos años: gajes del oficio del sindicalista. Recuerda con claridad el espanto de ser recogidos por un coche blindado. Hombres con armas los custodiaron durante todo el camino. Todos portaban armas y chalecos antibalas. La delegación mexicana, muda del susto, descubría la literalidad del peligro de ser sindicalista en Colombia. Llegaron a una mina en huelga. De un lado, Gregorio vio al ejército, armado hasta los dientes. Del otro, los mineros, armados por igual. Todo estaba en calma. Ahora, México camina con paso firme hacia el perfecto ejemplo colombiano. Todo está listo para la interminable y fantasmagórica guerra civil: la miseria
mayoritaria abona el siniestro plantío de armas. El escenario del guión está trazado: junglas, desiertos, corrupción endémica, grupos de narcos reales o imaginarios en acción. Y solo falta ya prenderle la chispa: “se busca guerrilla, grupo armado o similar para suicidar país”. Que inconveniente que los zapatistas depusieran las armas ante la atónita mirada de un gobierno que tenía grandes planes para ellos. Que inconveniente que los mexicanos, no importa cuánto se les apriete el yugo, insistan tercamente en mantener una lucha pacífica. Qué tristeza darse cuenta de la perfección del juego: ya sea apropiándose de los recursos de la nación, o legitimándose mediante una lucha armada provocada por esos mismos despojos, ellos siempre ganan.
Ahora la esposa de Gregorio vende jugos de naranja en las mañanas. Su hijo menor es el responsable de ir a la central de abastos para surtir de mercancía a su madre: él debe cuidar de la casa ahora, además de priorizar sus estudios sobre cualquier otra cosa, por supuesto. Su hijo mayor sobrevive gracias a su afición a los gallos: se dedica a amarrarles las cuchillas. Si ganan la pelea, el 10% es para él. Lo que antes era un pasatiempo se ha convertido en su único sustento. La familia de Gregorio entendió en un principio que la huelga formaba parte de sus obligaciones sindicales. Hoy, más de cincuenta días después, van viendo que es algo más profundo. Que
Gregorio no lucha por obligación sino para devolverle la esperanza a los suyos: sólo quiere un empleo digno para sus hijos y que se respeten las leyes. Tal vez es pedir demasiado, porque con amargura ha aprendido en estos meses la veracidad del dicho:

Nombre: Juan Carlos Trejo Álvarez
En huelga de hambre desde: 3 de Mayo
Edad: 30 años
Puesto en LyFC: Cables subterráneos (taller) / representante sindical
Se llama Juan Carlos. Unos le llaman Carlitos y otros le dicen “el grillo”, porque le gusta la política. Le digo que tiene cara de español y se ríe. Tuvo una bisabuela española, como muchos mexicanos. Sus papás son de Guanajuato, verdaderos chilangos emigrados por necesidad. Llegaron al Distrito Federal y tuvieron cinco hijos. Carlos recuerda infinidad de casas rentadas, o casas de parientes que les dieron acogida en aquellos tiempos de necesidad. No fue fácil, pero finalmente su padre encontró un buen puesto: en Ruta 100. Hasta una extranjera como yo ha oído hablar de Ruta 100, dos palabras que son como un redoble maldito, una invocación murmurada entre dientes, un mal presagio: esto va a ser lo mismo que Ruta 100, dicen algunos, refiriéndose al caso del Sindicato Mexicano de Electricistas. Ruta 100 en dos palabras: paraestatal quebrada. En México, la verdad, las empresas paraestatales [públicas] tienen una asombrosa capacidad para quebrar. Digo, considerando que uno de los rasgos que definen a las empresas públicas –o del Estado- es, precisamente, suinquebrabilidad.
Hace quince años quebró (nótese la cursiva) Ruta 100. La miseria llegó de nuevo a casa de Carlos. Gracias a Ruta 100, la calidad de vida de la familia había mejorado. El padre de Carlos había comprado un terrenito en Naucalpan y poco a poco fueron construyéndose su casa. Hasta que quebró la empresa inquebrable y los padres de Carlos se divorciaron. Fueron malos tiempos. Su padre se fue para no regresar hasta hace poco. Su madre quedó a cargo de cuatro hijos –la mayor ya se había casado- y sin
ningún recurso. Carlos tenía quince años y seguía en edad a la hermana mayor. Así que cuando su madre tomó la decisión de migrar a Estados Unidos [nota para lectores españoles: a Estados Unidos no se migra en avión] Carlos quedó a cargo de sus hermanos menores. Se puso a trabajar de lo que fuera. De lavaplatos, garrotero, lavacoches, donde fuera. Intentó compaginar el trabajo con los estudios pero abandonó el intento a los seis meses. Trabajó y trabajó para mantener a sus hermanos. Su madre mandaba dinero desde Estados Unidos. A Carlos la adolescencia se le escapó en un suspiro. Si, Carlos sabe muy bien qué ocurre cuando quiebran a una empresa pública: él ya lo sufrió una vez. Pensó tal vez que jamás volvería a ocurrir: se equivocaba.
En Naucalpan conoció a la que ahora es su esposa. Se casó con ella y continuó trabajando como mesero. Dice que fue horrible: ganaba bastante dinero, pero apenas tenía tiempo para convivir con su mujer. Fueron seis meses de sufrimiento, al cabo de los cuales su suegro, electricista jubilado, se apiadó de él y le propuso entrar a LyFC. Todos los empleados de LyFC tienen, en algún momento de su vida laboral, la opción a hacer entrar a otra persona en la empresa. Suelen aprovechar para darle paso a un hijo o a un hermano. En este caso, fue Carlos el afortunado. Cuando en su restaurante se enteraron de que Carlos iba a entrar en los próximos meses a LyFC, lo despidieron. Carlos no protestó.
Aprovechó el despido para vivir con ilusión el nacimiento de su hijo y más tarde, ya en LyFC, tuvo tiempo para convivir con su esposa y su hijo. Ocho horas para el trabajo, ocho horas para el descanso y ocho horas para estar con la familia: Carlos recita el lema sindicalista con fe y agradecimiento.
Me pregunto si la vida le ha dado a Carlos la oportunidad de reparar el error de su padre, liquidado de Ruta 100. Porque cuando lo imposible se repite los hombres y las mujeres tienen la oportunidad de enfrentarse a la historia para rehacerla. Su padre no luchó por su empleo usurpado. Carlos, en cambio, escogió pelear hasta el final. Redimir, tal vez, a su padre. Redimirse a sí mismo. No está siendo fácil. Le oculta a su esposa y a su suegro lo mal que se siente, y hace de tripas corazón para mostrarse entero. Pero cuando llueve, el Zócalo se encharca y la humedad se le mete en los huesos. Mareos, dolores, calambres, diarreas continuas. El cuerpo se alimenta ya del músculo y se come a sí
mismo. Carlos no pide la comprensión de nadie: solo su apoyo. Dice que firmar una liquidación voluntaria es tanto como un escupitajo en la cara. Que el gobierno piensa que todo se arregla con dinero. Y no es cierto. Porque él –ellos y ellas, los catorce huelguistas de hambre que permanecen contra viento y marea en esta carpa- siguen demostrándole a su país que la dignidad no se puede comprar ni vender. Porque –dice Carlos- que el hambre te tira, pero la dignidad te levanta.
Nombre: Isaías Vázquez Guzmán
Huelga de hambre: 29 de abril – 27 de junio de 2010
Edad: 40 años
Puesto en LyFC: Cables Subterráneos – Instalación y mantenimiento
Se llama Isaías. Es hermano de Lupita. Sí, se parecen. Los mismos huesos finos, los mismos hermosos ojos rasgados, casi orientales, la misma voz suave. Y sin embargo ¡qué vidas tan distintas han tenido! Él es hombre. Ella es mujer. Se llevan apenas dos años de diferencia. Han cargado ambos con el machismo exacerbado de su
padre. A ella, Lupita, su padre le puso todas las trabas del mundo para entrar a LyFC. A él, Isaías, prácticamente le obligó. Isaías no habla mucho de su trabajo. Trabaja en Cables Subterráneos, en instalación y mantenimiento (instalación y amontonamiento, dice, y se ríe, supongo que debe ser una broma común entre los hombres que trabajan en esta sección). Es evasivo y se da un aire a una esfinge egipcia, tal vez por lo misterioso y enigmático. Responde sólo a lo que quiere. Cuando le pregunto si él es el hermano que ayudó a Lupita a enfrentar a su padre, sólo sonríe. No sé interpretar su respuesta.
No lo había visto hasta ahora. Su catre está atrás de todo, y él siempre anda leyendo. Será nuestra primera y última conversación en la carpa, porque el domingo, antes de que comience el fatídico juego México-Argenina, Isaías se irá. Al contrario que Lupita, no regresará a casa de su madre, sino a la de su compañera, con quien vive. La echa de menos. Ella es tal vez su único punto débil, el único flanco por donde se permite dudar, temer y esperar. Mientras la relación de su hermana naufragaba bajo el oleaje revuelto del caso LyFC la suya se fortaleció. Paradojas de la vida. Por como habla de ella me doy cuenta, también, que a pesar de todo Isaías no es de hierro. Aunque a veces
pueda parecerlo. Él es un hombre que se ha construido a sí mismo. Abandonó los estudios muy joven para retomarlos más tarde, ya en LyFC. A base de puro esfuerzo consiguió no solo acabar la prepa sino también una licenciatura en Matemáticas y una maestría en Inteligencia Artificial, todo eso mientras trabajaba. Comenzó, también, la licenciatura en Arquitectura, que ahora se plantea terminar. Sí, no cabe duda que Isaías es un hombre que se ha hecho a sí mismo –con ayuda del sindicato, esto es-. Procedente de una familia humilde, LyFC le dio la oportunidad de enmendar sus errores y construirse su vida ladrillo a ladrillo.
No le gusta nada el futbol. Prefiere la lectura. Cuanto más grande es la pantalla –dice, y señala hacia la enorme pantalla del Fifa Fan Fest- más grande es la mentira, más grande lo que tratan de esconder. Se revuelve, dolido, ante la escandalera del Mundial que ha aprendido a ignorar. A las seis de la mañana empieza el terrible ruido. Luego, después de los partidos, comienzan las misteriosas obras del Palacio Nacional o los conciertos en el Zócalo. Una auténtica tortura para un hombre, que, como él, ama el silencio y la quietud de su casa. Dice que aquí, en la lucha del SME, ha aprendido de nuevo las viejas lecciones de humildad y nobleza. Porque él, como tantos otros mexicanos,
creyó verdaderamente que su vida estaba solucionada, que nunca tendría que pedir la ayuda de nadie, que no necesitaba de los demás. Ahora sabe que se equivocó, como se equivocan los que, como él hizo un día, permanecen todavía en sus casas, la puerta cerrada, viendo la tele o leyendo un libro porque esto no va conmigo. Y sin embargo, todos caerán tras el sindicato más antiguo de México, el más poderoso, el único capaz todavía de hacerle frente al gobierno. ¿Acaso no se dan cuenta? Y cuando eso ocurra ¿quién quedará para venir en su ayuda…?
Su maestro de ciencias naturales, don Servando, dijo un día una frase que no lo abandonó nunca. Dijo que estamos siendo y dejando de ser al mismo tiempo. Ahora la frase, sugerente y enigmática, regresa para revelarse bajo una nueva luz. Mientras su cuerpo se deshace, su mente se reacomoda y crece. Acaba de leerse El Retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde tiene mucho éxito en esta huelga de hambre, o tal vez es simple casualidad. Ellos y ellas, los y las huelguistas de hambre, vinieron a cambiar el mundo para darse cuenta que antes tendrían que cambiar ellos mismos. Y cambiaron. Ninguno de estos hombres y mujeres es el mismo que cuando entró a la huelga de hambre. Porque como dijo don Servando, están siendo, pero también están dejando de ser. ¿Qué serán, cómo serán cuando abandonen este lugar? ¿Cuánto habrán cambiado? ¿Serán mejores o peores personas? ¿Quedarán transformados para siempre en héroes, como retratos, como Dorian Gray, atrapados en el mural petrificado de su propia leyenda? ¿O serán -como la golondrina del Príncipe Feliz- incansables mensajeros de la injusticia en busca siempre nuevos horizontes? Y tal vez, lo más importante: ¿qué seremos nosotros cuando esto termine? ¿qué seré yo? ¿qué serás tú? Preguntas inquietantes
para las que no tengo respuesta. Isaías tal vez sonreiría con su enigmática sonri