jueves, 19 de julio de 2012

Nunca nos habían echado a los granaderos


Nunca nos habían echado a los granaderos
Mirna Servín
 
Periódico La Jornada
Jueves 19 de julio de 2012, p. 37
El rostro de Manuel, de 17 años, apareció en toda una plana de un periódico cuando era aprehendido por la policía capitalina el pasado domingo afuera de la plaza comercial ubicada en Paseo de la Reforma 222. Este miércoles, mientras limpiaba coles y lechugas en el puesto del mercado donde es ayudante, pasan otros locatarios y le gritan: Ese Manuelito, ya es famoso, y sueltan las risas. Él baja la cabeza y hace como que no lescucha.
Él es parte de los cientos de adolescentes, principalmente del oriente de la ciudad de México, que son parte de grupos con nombres como Los Danoninos, Los Pecoritos, UvasCangri, Bulls, Duros, Warners ySicarios, entre muchos otros que se reúnen para ir a fiestas. El punto de conexión son las redes sociales, donde se conectan grupos cerrados, a los cuales sólo se tiene acceso con permiso del administrador de la cuenta.
Entre semana, por medio de Facebook se avisan dónde se van a reunir los grupos. Generalmente son estaciones del Metro como Pantitlán, Jamaica o Santa Anita, porque son las más cercanas a las zonas donde habitan.
A veces hay pique entre bandas y los de una se juntan para ir a echarle pleito a otra. Los que se juntaron el domingo (alrededor de 600) fueron sólo como la mitad de los que somos. El domingo detuvieron a muchos de 12 y 13 años, explica el joven, que resalta por su delgadez, la cabeza rapada de los costados y un piercing junto a la ceja, cuya piel perforada luce enrojecida, casi negra.
El jefe de cada grupo es el que se la rifa por todos, el más fregón; a veces es el más grande, porque casi todos son menores de edad, detalla.
El joven no tiene una respuesta clara de por qué le gusta jalar con las bandas, las cuales se reagrupan en un gran conglomerado llamado La Familia.
Sólo te enseñan las porras del grupo, en las que se repite y se grita el nombre, y nos vamos a las fiestas. A veces la policía interviene, pero nunca nos habían echado a los granaderos.
Manuel sólo estudió hasta segundo de secundaria. Cuando se le pregunta por qué dejó la escuela, se acuclilla para meter en un huacal los residuos de las verduras que cayeron al piso, al cual casi mete la cabeza junto a las cáscaras.
Es que me junté; tengo un chavito y pues ya no pude seguir en la escuela, dice con voz que parece murmullo.
Vive en Iztapalapa con su cuñado, a quien ayuda en el puesto de frutas y verduras, donde trabaja todo el día.
Tras un largo rato en que los locatarios ven que el joven es interrogado, un hombre robusto y sin dientes interrumpe a gritos: Este güey es el más serio de todos, ni groserías dice y aparece en el periódico como delincuente. Luego se carcajea sonoramente. Manuel baja otra vez la cabeza y casi sonríe

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